Dejar ir. Soltar la larga trenza de las posibilidades. Observar las miasmas deshacerse entre las nubes. Respirar largamente como una conclusión. Soplar lo invisible que atrapa los tobillos enterrados. Mirar y crecer en el movimiento de las calles donde todos parecen nacer y morir y recorrer sus caminos secretos hasta el borde de sus camas. Ahí me siento como un vagabundo a contemplar todas las que he sido y ya no me amarran.